miércoles, 29 de julio de 2009
Lectura: Para ser Novelista
PARA SER NOVELISTAS.
La primera idea central de Para ser Novelista, es definir que un escritor se hace con la practica constante. La razón básica de esta idea, es que el escritor debe ir adquiriendo el talento necesario en cada momento que se dispone a escribir su obra.
John Gardner nos pone de ejemplo que la mejor arma del escritor es la persistencia, pues explica que en la actualidad, cualquier escritor desconocido tiene grandes posibilidades de ser publicado. Muy probablemente en una revista modesta, ávida de escritores que quieran demostrar su talento literario. Pero al mismo tiempo, estas pequeñas participaciones crearán el interés de otras revistas más afamadas. Lo que en un futuro, le proporcionará una experiencia laboral reconocida dentro del medio, y en consecuencia, ser tomado en cuenta en alguna editorial que quiera darle oportunidad a escritores desconocidos.
Cada escritor que logre publicar su obra, debe demostrar su sensibilidad verba. La sutiliza y sensibilidad en el manejo del lenguaje que permitan inventar nuevas formas de decir y describir las cosas. Es un romper las reglas dogmaticas de los académicos, alejarse de los lugares comunes recurridos por la mayoría; para participar en el juego del lenguaje que permita redescubrir las palabras y sus alcances, para edificar su obra, darle movimiento preciso a su narración, y los matices a sus personajes- según sea el interés del escritor, dado que un poeta, tendrá que manejar el lenguaje de una manera sutil; el cuentista, manejará el lenguaje de manera hábil y concreta; y el novelista, ara su discurso literario eficaz para mantener su trama a lo largo de su obra.
El fin de la sensibilidad verbal es provocar reacciones y emociones, que le permitan vivir al lector, la historia escrita. Ésta cualidad esencial del escritor, debe estar sustentada en plasmar o crear una realidad identificable por el lector. Por medio de un argumento e historia bien elaborada que logre el equilibrio entre un uso depurado de las reglas del lenguaje y el lenguaje habitual de los futuros lectores. Por la razón, de que vale más crear un grupo de fieles lectores a tener un centenar de alabanzas de los críticos.
Una segunda cualidad en los escritores debe ser: la observación meticulosa. Un creador debe ser un observador de la vida misma, para atrapar todos los posibles detalles de su historia, los ademanes y gestos de sus personajes, para que su novela sea verosímil. Permitiendo a su lector hacerse una imagen precisa de los personajes: edad, gustos, miedos, etc.
En palabras del autor, es mostrar al personaje – en sus acciones - en vez de caer en especificaciones dichas y explicadas. Pues los lectores, están más acostumbrados al juego de ir construyendo los personajes de acuerdo a lo que dicen con sus propios movimientos.
La inteligencia, es otra característica particular que debe tener un escritor. Una gran capacidad para saber recopilar datos, para saber reconocer lo importante de los elementos insignificantes.
Cada escritor, en su hacer cotidiano, se interesa en toda clase de literatura, pues está dispuesto a acercarse a la buenas y malas obras literarias. Pues los escritores son adictos en potencia a las historias. Lo que le permite tener un amplio registro de experiencias.
Podríamos decir, que los autores literarios son compulsivos, de una exigencia extrema y obsesiva. Cualidad que le servirá para crear su propia obra, a cuesta de muchas dificultades, de continuar su labor, para sobresalir en el medio.
Es común, que los aspirantes a escritores, se sientan abrumados con tantas características que debe tener. Aunque la recomendación que deja la lectura, es que cada artista del lenguaje debe tener su propio método creativo, que le permita no solo crear su obra, sino que le ofrezca solucionar todos los problemas que surjan al edificar su trabajo – que muchas veces, no se limitan exclusivamente a la literatura.
El aspirante a escritor, puede tener una oportunidad de iniciar su carrera literaria en los talleres. Aunque, en buen consejo por Gardner, hay que tener cuidado con el “tallerismo” que peca de ser extremadamente académico. Pues se llega a dar mayor importancia al tema y la estructura, que al sentimiento y a la narración, que define la voz personal el escritor - que es en realidad lo más importante.
viernes, 24 de julio de 2009
LAS LETRAS COMO RESPUESTA DE VIDA INDIVIDUAL
NOVELA III
ENSAYO SOBRE PARA SER NOVELISTA
ESPERANZA SOSA MEZA
LAS LETRAS COMO RESPUESTA DE VIDA INDIVIDUAL
Por: Esperanza Sosa Meza
¿Qué características debe tener un aspirante a escritor? me pregunté el día que vi el anuncio en el periódico sobre el Diplomado en Creación Literaria. En realidad no supe responder con certeza, aunque tuve la idea que sólo se necesitaban ganas y disciplina; la calidad me dije, vendría con la práctica y sin pensarlo más, me dirigí a la entrevista. Ahí supe que mis maestros serían escritores de diversos estados de la república e incluso, extranjeros; así que me sentí contenta pero a la vez intimidada por tener que dar mis textos a personas experimentadas en letras bajo el riesgo que más temprano que tarde, me hicieran ver mi pobre talento. No fue así, este proceso sigue adelante y continúo en la búsqueda de mi primera pregunta; por ello decidí reunir algunos autores o personajes de novela que han presentado interrogantes parecidas a la mía iniciando con el texto de John Gardner Para ser novelista.
Que otros entren a tu mundo representa una lucha de fuerzas entre el ser interior y el exterior. Permitir que se develen los secretos del escritor: ni pensarlo. El prólogo que hace Raymond Carver a la obra de Gardner es realmente una carta de gratitud y admiración por su maestro; es el intento más cercano de tratar de explicar los deseos de un principiante de las letras y el descubrimiento del ser humano en el otro: el profesor, el colega y el amigo. Cuánto se le puede agradecer a alguien la preocupación que muestra en el trabajo del alumno, su minuciosidad en la revisión de los escritos, la paciencia y la toma de conciencia de que el fracaso y las esperanzas frustradas son comunes en el mundo de la creación.
¿Cuál es la fórmula del libro de Gardner?. Una muy sencilla o aparentemente sencilla: la suma. El partir de las consideraciones generales, pasar a las particulares, dejar ver mediante ejemplos, la experiencia lectora y fundamentar las apreciaciones que se hacen.
Si decimos la palabra narrativa, inmediatamente viene a la mente el cuento y la novela y se considera que quien hace uno, es capaz, indudablemente de hacer el otro; pero vaya sorpresa, no se debe pensar que son iguales, tratarlos como semejantes y hasta fundirlos. Es tan respetable el uno como el otro mas no comparables. Mientras el relato corto merece una mayor atención a lo que se dice para no caer en ambigüedades y frases cuyo significado sea incompleto, es decir que no logre dar a conocer lo que se necesita saber para entender la historia, la novela tiene carta abierta para la escritura y uso del lenguaje; es más, requiere a un escritor capaz de ver los detalles mínimos de la historia para dejar en el lector la sensación de conocimiento total de las acciones y los personajes, permitir meterse hasta donde el propio personaje quiera, llevarlo por el camino que pretende para hacerlo parte del argumento, involucrarlo. El novelista debe atrapar desde las primeras líneas, no dejar escapar a su presa, dale razones para quedarse sembrado hasta terminar la obra.
Definitivamente no hay recetas de cocina, instructivos que al seguirse garanticen la eficiencia de un trabajo. Hay este libro de Gardner bien intencionado como material que yo podría llamar hasta didáctico que le da luz a los escritores principiantes, recordando que un profesor siempre busca hacer su propio material de estudio sobre el cual trabajar una materia. Gardner impartió durante largo tiempo la clase de literatura creativa y las dudas más frecuentes de los alumnos se trataron de responder en este libro, que considero es de consulta obligada se esté o no esté de acuerdo con las apreciaciones del autor.
Nadie diferente al escritor conoce las peripecias que sigue para llegar a publicar un texto, desde la propia creación, la lectura a otro u otros que le puedan dar su opinión e incluso un posible editor que le publique. En Puebla, la posibilidad de publicación en revistas está en las universidades y sus revistas internas, cuando se pertenece a alguna de ellas, en periódicos es mínima ésta porque se requiere ser colaborador o conocer a algunos de los jefes de sección y lo que queda es trabajar de manera independiente o tocar puertas en las instituciones de gobierno que se dedican a la cultura a ver si es chicle y pega; sin embargo se debe hacer el esfuerzo, porque bien se dice, de un publicación modesta se puede pasar a otra menos hasta llegar a lugares realmente importantes y de reconocida circulación.
Como toda soñadora de antaño, recuerdo mi desinhibida manera de escribir anteponiendo mis sentimientos, sin pensar en otra cosa más que en lo que pretendía comunicar, no importa cómo, después recibir señalamientos del uso de un lenguaje muy cotidiano, se empezó a frenar el caudal de historias en mente, esa constante frase de: no importa lo que se diga, sino cómo se diga ha taladrado mis pensamientos a la hora de tomar la pluma o sentarme frente a la computadora. Me ha puesto barreras y ya no soy tan libre como antes. Estoy consciente que no me puedo detener demasiado en ese punto, dejarme llevar con más cuidado en el uso del lenguaje adecuado y diverso es la solución.
El mundo del escritor es todo el mundo, el universo, la galaxia, las otras galaxias y el infinito. No puede tener un tiempo y un espacio cuadrado o circular, debe ser capaz de salirse de los límites de su rededor y si no se puede físicamente, sí de forma virtual, a través de la lectura de todo lo que pueda tener a su alcance. Ya vi cómo Gardner es capaz de citar libros y autores de todos los idiomas y creencias, como logra hacer suyo el contenido, apropiárselo y seguramente, exprimirlo hasta conseguir su objetivo; sé que esto se escucha canivalesco, me alegra que así sea, se tiene que empezar por comprender algunas cosas que han estado faltando en el camino de la escritura y este es un paso bien necesario.
La realidad es otro punto que debe tratarse como fundamental. Se vive en ella, se percibe por los sentidos y aún de esta manera somos capaces de distorsionarla, claro, la validación de este punto está en la presentación de los hechos cotidianos, no confundir la objetividad de los sucesos, pues se caería en el periodismo; sino en hacerlos verosímiles para quienes leen. ¿De dónde parten las historias del escritor? creo que un enorme porcentaje de su realidad, la de todos los días, la más cercana, la del contacto directo y entonces pueden desencadenarse sueños, expectativas, utopías. Merece la pena la comparación, el análisis, la observación, la clasificación, la discriminación, en fin todas esas habilidades que puede ir cultivando el creador porque todo tiene su origen aquí y se eleva hasta donde se quiera.
Del cómo armar la novela, eso sí puede hablar un académico, dar algunos consejos útiles si ya se tiene el contenido o por lo menos la idea general. Se parte de la posible distribución de la historia en capítulos, secciones u otras clasificaciones. El hilo conductor hará evidente esa distribución. No se le puede pedir a un principiante armar de la misma manera a un experimentado, ni el tiempo en el cual lo realiza. La seguridad entre uno no tiene punto de comparación, en algún momento se debe determinar la estructura y el cómo presentársela ante los demás. Algunos dicen que este acto es espontáneo, la misma novela lo exige y da las pistas para la toma de decisiones. Los que nunca hemos hecho novela tendremos que esperar la iluminación o el apoyo de los que sepan del tema.
Después de dos cuatrimestres en la escuela de escritores, inicio apenas con respuestas previas a mi pregunta inicial, cada vez que algo encaja en ella la escribo, cada vez que leo alguna novela como Antes que anochezca de Reinaldo Arenas y me entero de instantes que marcaron la vida del autor para llegar a su destino, le pongo un puntito a las ideas que voy guardando; cuando la duda me vuelve a alcanzar y se presenta un personaje como Fabián de Triste Domingo de Ricardo Garibay y me doy cuenta de su profundidad y el deseo por escribir, anoto otro puntito o palomita a mi muy desorganizada bitácora de seudoescritora y si se asoman duda sobre la forma de empezar un texto aunque nadie lo lea, regreso a El Libro Vacio de Josefina Vincens y toco a José García y me digo que yo también tengo verdades vacías, me siento aliviada de no estar sola en este mundo de incertidumbres y agradezco todos los días a mis compañeros de salón compartir conmigo eso que son. En fin, si nunca logro completar la respuesta sobre las características del escritor, por lo menos sabré que viví una historia muy parecida a lo que quizá sea el principio de un todo.
BIBLIOGRAFÍA
1. Gardner, John PARA SER NOVESLISTA. Ultramar editores. España. 1990. 193 p.p.
2. Arenas Reynaldo. ANTES QUE ANOCHEZCA. Tusquets editores. 2009. 343 p.p.
3. Vicens, Josefina. EL LIBRO VACÍO. SEP. México. 1958. 230 p.p.
4. Garibay, Ricardo. TRISTE DOMINGO. Joaquín Mortiz. México. 1991. 332 p.p.
Ante la determinación ("Para ser novelista")
Trascender, dejar testimonio de una vida, dar voz a un pasado adormecido en el tiempo, crear un mundo o un entorno que se antoja diferente, realizar sucesos o aspirar a interpretar vidas opuestas, o bien, mejores que la nuestra. Ser lo que soñamos ser, dar rienda suelta a deseos frustrados. O en el peor de los casos, buscar llegar a un lugar privilegiado que atraiga la atención de los demás, obtener cierto grado de fama que le permita circular en una esfera social más elevada que la suya…Estas son sólo algunas de las posibles razones por las que una persona puede sentir necesidad de escribir. Pero en realidad ¿cómo saber a ciencia cierta, qué mueve la inquietud literaria? Y peor aún, ¿qué tan real y sólida será ésta? ¿Cómo saber si las aptitudes o simplemente el gusto, son suficientes para poder conseguir el propósito?
Son muchas las interrogantes que surgen de forma paralela al deseo de escribir cuando una persona manifiesta su intención por iniciarse en ése amplio mundo literario. Aunado a todo esto, también nace el miedo al posible rechazo implacable de lectores ávidos y expertos. Y luego, ¿qué hacer con esa nube de dudas que lo cerca y lo vapulea tanto o más que la crítica exigente, o la burla deliberada a la que se ve expuesto cuando manifiesta su preferencia por este oficio?
Sin embargo, basta con que este deseo sea expresado para que de inmediato, surja una voz bien intencionada que brinde el infalible y recurrente consejo: Leer y escribir. Escribir
mucho y leer más; y es entonces cuando surge una nueva duda ¿por dónde empezar? O ¿a quién leer? El tiempo pasa y el cúmulo de libros y de escritores consumados que podrían ser una buena guía para el escritor en ciernes, va en aumento; cada vez son más los autores contemporáneos que, gracias a su creatividad e ingenio, se han sumado a la ya nutrida lista de literatos reconocidos. Sin embargo, al leer obras maestras de Dostoievski, Alan Poe, Rulfo, Borges, Saramago, por mencionar algunos. Surgen nuevas incógnitas: ¿Cómo escribir algo que valga la pena? O peor aún. ¿Podré escribir algo que merezca ser leído?
Definitivamente, lo único cierto es lo incierto que resulta el camino del oficio literario, sin embargo, cuando realmente se está convencido de querer avanzar por esta senda, la búsqueda brinda otras posibilidades, y es entonces cuando por fortuna, nos encontramos con escritores como John Gardner, quien no sólo se dedicó a escribir ficción, sino que también se dio a la tarea de escribir a cerca de esa problemática asfixiante para el recién iniciado escritor.
En su libro “Para ser novelista”, John Gardner deja patente su gran interés por resolver muchas de las dudas que asaltan al escritor en ciernes, dando respuesta a la mayoría de las preguntas. De manera contundente, clara y precisa va dando la formula para que el escritor, por sí mismo, vaya obteniendo las armas necesarias y librar así su batalla personal. Si bien es cierto que en éste libro, Gardner se dirige concretamente a los novelistas, también lo es que lo dicho aquí sirve como guía para cualquiera que decidido formarse como escritor.
Primero que nada, su discurso va enfocado a determinar cual es la naturaleza del escritor.
Hace un recorrido por características que deberá tener o por lo menos, tener en cuenta un inquieto escritor que se inicia esta ardua tarea de la creación literaria: Primero, la sensibilidad verbal que debe tener un escritor, como manejar su discurso controlando las carencias y los excesos en el lenguaje. Encontrar el equilibrio entre las figuras poéticas creadas y las arrancadas de la realidad en el transcurso de su narración. En segundo lugar, su perspicacia, “el buen escritor ve las cosas con agudeza, con realismo, con precisión y con criterio selectivo (es decir, sabe escoger lo importante)”. En tercero su inteligencia, (en parte natural y en parte ejercitada) que se distingue a su vez, por características como de inmadurez o incivilidad: de ingenio de obstinación y tendencia al individualismo, afición a fantasear y a decir mentiras, una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables, entre otras. La cuarta característica es el carácter compulsivo, deberá tener impulsos irresistibles.
El novelista ha de ser obsesivo y a la vez ser indiferente. La obsesión sólo sirve si arrastra al escritor no al suicidio, sino a la realización de espléndidas obras de arte, y si le permite, además, tomarse con indiferencia que la novela venda o no, que sea o no apreciada.
Una vez que el aspirante se ha auto-analizado para saberse o no poseedor de las características de la sensibilidad verbal, propia de un escritor, Gardner prosigue dando respuestas: El no poder acceder a la universidad no es razón para desistir de ser escritor. En definitiva, su arrojo y su tenacidad serán los que lleven al escritor a los niveles que el se proponga, aún sin tener preparación literaria previa o de cualquier otra índole, porque si
bien es cierto que los conocimientos de determinados temas le facilitarán abordar con profundidad y a detalle éste, también lo es que al no poseerlos no se lo impedirá si realmente quiere hacerlo dentro de una narración.
Todo está en querer escribir para poder conseguirlo. Darse a la tarea de determinar los factores que lo impiden o bloquean el oficio de escribir para poder atacarlos desde su origen. Por ejemplo, si el problema estriba en la poca fe en uno mismo, el escritor que empieza no se debe apartar de la gente cercana a él, la que le brinda apoyo sincero, porque por principio de cuentas, será el primer, y tal vez, por algún tiempo, el único lector.
Son muchas las formas en las que en el escritor se presentará el inevitable bloqueo (al no satisfacerle su trabajo por precario o por poco original, al sentirse falto de inspiración), sin embargo, no hay razón valida para caer entre las garras del bloqueo, ya que escribir, es un oficio como cualquier otro. En definitiva, la mejor manera que hay de romper el bloqueo es escribiendo mucho. Si uno se pone a escribir lo primero que se le ocurre, llega un momento en que, de repente, se interesa por algo de lo que dice, y he aquí que, sin darse uno cuenta, las aguas mágicas vuelven a correr.
En “Para ser novelista”, John Gardner dice también, que para ser escritor hay que: saber simultanear muchos procesos mentales que al principio deben abordarse de uno en uno. Si esta frase la leyéramos al vuelo y tratáramos de partir de aquí para empezar escribir, lo primero que vendría a la mente sería ¿cómo? John Gardner, no solo lo sugiere, sino que lo sustenta con una serie de ejemplos tomados de su experiencia personal a la hora de escribir
sus propios trabajos. Con ellos nos brinda, como en un paso a paso soluciones practicas ante la problemática de que hacer con las palabras, con las ideas y como ir traslapando una a una; con ingredientes indispensables, ya que sin ellos, no habría ni buena intención ni talento virtuoso que valiera en este quehacer literario.
Ante la determinación de ser escritor y por todo lo anteriormente expuesto, creo que no basta con adentrarse a las obras maestras de los titanes de la literatura, también es conveniente seguir los pasos de escritores como John Gardner que, sin ser íconos, al compartir sus conocimientos y experiencia, nos brindan la luz que desvanece esa gran madeja de dudas a las que nos enfrentamos constantemente cuando decidimos irrumpir en el fascinante mundo literario.
Martha Alicia Echevarría Zapata
Escribir, de Jose Cesar Hernández
PARA SER NOVELISTA, de John Gardner
De la lectura “Para ser novelista” de John Gardner, deseo aplicarla a mi experiencia, así que hablaré de mí. O tal vez hablaré de dos. De la personalidad del que intenta escribir, como es mi caso, la considero dual. Uno no puede despojarse de la otredad:
Para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos [… ]*
El escritor es esa especie de dualidad entre un ser orgánico y el otro sensible. Es alguien que existe, concreto, trabaja y convive diario con familia, hijos o solitario. Es a la vez un ser mítico, fantástico, capaz de re-crear algo de la nada, de inventar la magia, de ser portador de las más dulces y crueles mentiras del mundo, de lograr la literatura. Es dos seres conviviendo en uno solo. Es un artista. No expongo al escritor como un monstruo de doble cabeza con la capacidad de espantar niños, perseguir señoritas, aconsejar señoras y decirle que hacer a los hombres. No, simplemente mi deseo es mostrar que el escritor es un ser fantásticamente natural.
Hoy, nuevamente revisé mis viejas libretas de notas, ya de papel amarillento, escritas a tinta y lápiz casi ininteligible. Y otra vez he vuelto a asombrarme -capacidad que espero nunca perder- por la mejorada caligrafía, mi filosofía existencial, mi ortografía y evidentemente mi sintaxis y redacción. Recuerdo que existía una máquina de escribir Olivetti escolar en la familia. Reservada para los trabajos escolares, nunca creí mecanografiar mis apuntes; al contrario, siempre había preferido el lápiz. En efecto, hay muchísima seducción en el grafito para mí: en el sonido al puntearlo, en ver los lápices ordenados dentro de un recipiente, en la espera de manchar el papel en blanco. Nunca creí en el bolígrafo. Hoy he cambiado el papel y el lápiz por el computador. Sin embargo, la gran pantalla encendida de 14 pulgadas de mi laptop sigue ofreciéndome la misma tortura que ofrecía aquella hoja en blanco ante la falta de lucidez. Y si en aquellos años mecanografiaba algo, visualizaba mi contexto: escribir acompañado de la humeante o fría taza de café y un desbordante cenicero lleno de colillas.
Estos cuadernos guardan diarios, poemas, frases, bitácoras de aventuras. No serán mi tesoro más preciado, pero sí lo mejor guardado. A dieciocho años de distancia de haberlos escrito tengo una gran mezcla de sentimientos al reelerlos. Por una parte, no sé si estos apuntes deban sufrir los embates de la modernidad y capturarlos en una memoria o tal vez deba dejarlos así, para la posteridad… Esto último obedece a un afán de gloria, de eternidad, la que siempre aspira un incipiente escritor como yo. No sé si alejarme de esta vanidad, pero el grillo de mi conciencia dice que tal vez alguien los encuentre, los dicte y los haga versiones tipo Frida Kahlo o memorias de otros personajes, o se comercialicen en versiones interactivas subastadas en Nueva York, Tokio o Monterrey… o mejor aun, que el nieto sobrino los resguarde y conozca que tuvo un pariente al que le dictaba la musa o mejor aún, que esta sea la inspiración para otra generación de escritor en la familia o los venda y se haga una historia o mejor….
Después de leer Para ser novelista, resta pensar muchísimas cosas. Abordando la postura existencial, confesaré: ¿Para quién escribo? En cierta clase, alguien dijo “No escribo para el lector, escribo para mí” (parafraseando a otro). Verdaderamente, ¿para quién escribe uno? Recuerdo, sin ninguna pretensión de traicionar a la memoria, que el primer cuadernillo lo empecé a redactar un sábado, hubo de por medio una situación confesional. Lo hice sobre una mini agenda estudiantil y al acabarse las hojas, sentí que pararía, pero no pudo ser, seguí haciéndolo. Lo que no me ofrecía el acto confesional de la iglesia, el buen confesor, o el excelente amigo confidente, lo encontré en los cuadernos. De estas declaraciones pubertas, pasé a los poemas e ideas de historias inacabadas en borradores. Este ejercicio era para mí, sigue siendo para mí -obviamente me refiero a mis diarios. Nunca había considerado mostrarlos sino hasta el día de mi muerte. Escribía por una manifestación del otro que habita en mí, por expresión, por ayudar a entenderme, por desahogo… Tenía la necesidad. Mi producción llegó a cuatro cuadernos e innumerables hojas de papel de toda clase y tamaño. Por supuesto que existe una evolución caligráfica, ortográfica, sintáctica y gramatical. Esta práctica era para mí -la cual podría ser un tópico entre los incipientes escritores. Sin embargo, entendí que esta introspección podría liberarla cuando tuve el conocimiento de la instalación de aquella primera SOGEM en Puebla (aproximadamente hace 16 años). He de confesar también que mi acercamiento fue tardío a la literatura; declaro mi desventaja. Ese salir de mí costó trabajo, ruborizaciones, ciertos aplausos en una tertulia de desconocidos a invitación de un amigo presumido por mi obra poética. Recuerdo que en aquella lectura, después de sobreponerme al nerviosismo y al miedo a la exposición, vi a mi público responder con asentamientos de cabeza, meditabundo, reflexivo y cara de “sí es cierto, a mí también me sucede”. Empecé a lograr mérito y creer que no lo hacía tan mal. Así, salí de mí.
La inauguración de mi obra me ubicó. Tendría que ir por más, respetando, viviendo, aprendiendo. El conformismo sabatino de sentarme en aquella silla y esperar a mi público cautivo podría haber sido una opción de vida, pero era negarme e incluso contradecirme porque aún no está acabada mi obra, falta más. Es rechazar de quienes he aprendido directa y circunstancialmente.
Trato de mejorar la impresión de aquella primera lectura. Comprendiendo mis problemas y solucionarlos a fuerza de trabajo. Superar esas fallas, analizando aquella obra con los conocimientos actuales donde saltan a la vista las diferencias. Aprendo a distinguir mis relativas virtudes y limitaciones.
Ahora, intento ser más sensible que aquellos primeros años, más sensual. Resaltar mi originalidad (confieso que en el ejercicio de SOGEM Puebla, solo pocos destacan). Trato de alimentar cotidianamente mi agudeza de oído y de vista, aunque ésta última me es natural, casi obsesiva y compulsiva. Trato de escuchar a mí mismo. De cultivar el talento. Tratar de reproducir mi sueño para plasmarlo con exactitud. Encerrarlo en hojas blancas. Que otro las abra y pueda tener ese sueño.
Porque no trato al lector como un ser común. Lo respeto. Porque tiene una razón de seguir pasando páginas, mantiene su interés en mí y por ende aspiro a que termine de leerme. Porque son buenos lectores y no tengo ningún derecho a decepcionarlos o incomodarlos.
En Para ser… encontré una parte que traslado de: “Conseguir un buen agente puede ser casi tan difícil como conseguir editor” a “escribir un buen texto puede ser tan difícil como conseguir un buen maestro del género”. Si esto lo transfiero al aula de clase de SOGEM-Puebla, hemos visto -eso, visto- el desfile de personalidades experimentadas en su materia, pero sin la experiencia pedagógica ni la generosidad del buen maestro. La docencia es una responsabilidad muy seria, de tal forma que estamos bajo la tutela de la experiencia, pero ha resultado frustrante. Sobre todo si existe vocación, temperamento para el cuento y la respuesta fue ignorar cuanto texto se ponía enfrente.
Hablo desde mi trinchera, porque al igual que en el texto analizado, yo vivo de la docencia. Soy tutor de un grupo de primaria e imparto español a varios grupos. Mi responsabilidad va más allá del mero uso del lenguaje. Porque la edad temprana permite el descubrimiento de formas, usos y costumbres. Diariamente es el aprendizaje en los párvulos: desde entrar al salón, un saludo, el dialogo, en suma, su expresión. Tengo relación con modismos, “palabrotas” -las que no prohíbo, pero explico su contexto en tiempo, lugar y forma- e invención de términos infantiles. Paso buen tiempo revisando su naciente ortografía y sintaxis, aspecto exigente de mi parte porque no puedo permitirme ser candil de la calle. Sin embargo, el momento de mayor gratificación es el buen discurso oral y escrito de parte de mis alumnos. He obtenido muy gratas sorpresas en la redacción de composiciones en minihistorias u oraciones impresionantes cercanas a la literatura. En cierta ocasión, la motivación de la clase orilló a una pequeña a declarar que cuando sea grande, ella quiere ser escritora; claro que a la edad de siete años cualquiera sueña con ser doctora, astronauta, maestra o secretaria, pero aquella aseveración me recompensó a pensar y sentir que mi trabajo no es tan malo.
Mi día es media jornada en la docencia, la otra mitad al diplomado y el resto a escribir. No puedo vivir de mis padres o de mi pareja. Ojalá pudiera vivirse de escribir y escribir lo que será. Y a tener suerte. Mucho antes del diplomado, ya me había inclinado por enseñar en universidades. Actualmente intercambié mis veranos e inviernos vacacionales por lecturas pendientes y por ende a la escritura y una que otra vagabundeada de retroalimentación.
Porque así ya contemplo mi mundo. Con la ayuda de una inseparable libreta portátil de notas -no dejo nada a mi traicionera memoria- empiezo el rito obsesivo de la escritura. Espero la hora nocturna, el caos “ordenado” del escritorio, la taza de café, el cenicero y el cigarro y la pequeña libreta para verter palabras, para continuar fascinado con el lenguaje; interesado en descubrir los secretos de las palabras.
Y tengo fe en que jamás me llegue el bloqueo mental referido a menudo por los escritores. Espero seguir escribiendo eficazmente, verter en el papel todo lo que venga a mí, después seleccionar, corregir y volver a escribir con el gran apoyo de mis maestros.
Y a seguir desempolvando aquellos manuscritos.
Tarea 1. Ensayo sobre “Para ser novelista”
Ahora bien, nunca me pregunté cual es la diferencia entre un buen escritor y uno mediocre, mucho menos me interesé por saber si existían técnicas que me facilitaran el acto de escribir, tampoco pasó alguna vez por mi mente la posibilidad de ser editado por alguien (eso es algo que puedo hacer yo mismo). Finalmente, si he de ser sincero, la innegable influencia lógica y metódica de mi formación académica, aunada al estricto método artesanal que conlleva el análisis y la programación de sistemas, son los causantes de que siempre menosprecie esos detalles que para algunos resultan muy importantes o necesarios, pero, que para mí no tienen ningún interés.
La idea de que “en literatura no hay nada escrito”, sin pecar de inmodesto, no es nueva para mí, como tampoco lo es el hecho de que cada escritor refleja en su obra esa visión propia que tiene de la vida, de su época o de cualquier tópico que aborde en sus escritos. También coincido con Gardner, aunque con algunas reservas, sobre lo provechosa que resulta la lectura y relectura de obras literarias; del beneficio que el novel escritor obtiene del contacto con otros escritores cuando, en su afán de aprender, ingresa a talleres y cursos de escritura creativa; también coincido en su afirmación de que el escritor debe ser observador y adentrarse en atmósferas diferentes a las de su contexto original, ya que así podrá transmitirlas con mayor precisión y crear con ello la verosimilitud en sus textos; y estoy en absoluto acuerdo cuando dice que el escritor debe luchar por pulir su trabajo al máximo.
Sin embargo, no coincido con su afirmación de que “el escritor deberá buscar la publicación de sus textos en diversas revistas por pequeñas o grandes que sean”. No comparto su afirmación porque la siento forzada y excesivamente simplista. En mi personal percepción, el trabajo del escritor está destinado a ser leído, esto es, deberá hacerse llegar a sus destinatarios. Ahora bien, es cierto que una revista o libro son un medio para que las personas puedan allegarse nuestros textos, sin embargo, no son el único medio y mucho menos el más importante. No dudo que mi aseveración llegue a causar gran resquemor o molestia en algunas personas del mundillo literario, pero creo y defiendo a ultranza la autoedición, la lectura pública, el panfleto y la transmisión oral, así como el uso de las nuevas tecnologías como pueden ser: el blog, las páginas de internet y el libro electrónico, sobre todo este último, porque además de ser barato, es altamente ecológico.
Ya por último, a mí poco me importa la concepción o idea que el mundo tenga sobre los escritores y su oficio, como tampoco me preocupa la visión que de ese mundo quiera o le convenga crear a uno u otro escritor. Para mí, la función del escritor es sólo la de escribir para comunicar sus ideas y visión particular sobre tal o cual asunto, ya sea en forma de cuento, ensayo, novela o poema; y el que se crea en verdad escritor, tiene algunas obligaciones que cumplir, a saber: ser honesto en sus textos, presentarlos lo mejor que le sea posible y, la más importante, escribir siempre el siguiente texto con mayor calidad que el anterior.
Dib E. Gali L.
miércoles, 22 de julio de 2009
Ensayo: Para ser novelista
NOVELA III
Abigail Rodríguez Contreras
Ensayo sobre el libro “Para ser novelista” de John Gardner
Si bien este ensayo lejos de enseñarme verdades absolutas, fórmulas o vivencias desconocidas, no hizo más que obviar y evidenciar mi situación en la literatura. A partir de la voz de un autor que expone sus opiniones sin titubear, logra exponer las inquietudes más internas del escritor, como los esquemas y tabúes que la sociedad se ha encargado de postular como leyes. La visión de la sociedad hacia los escritores, como la visión de los escritores hacia la sociedad. Las realidades innegables, como también los impulsos y las necesidades de los verdaderos escritores por luchar contra todas sus dudas y sus inseguridades que evolucionan o transmutan en otras distintas conforme pasa el tiempo y conforme evolucionan como escritores.
Gardner nos expone en un ensayo claramente vivencial, su experiencia directa con la literatura, ofreciendo así su visión particular sobre las circunstancias que atañen la vida literaria como oficio y como vida del escritor en ciernes. El lenguaje del ensayo es muy accesible, y además el tono con el que está escrito nos hermana casi al instante con el autor, por esa aparente sinceridad que imprime en sus ideas. Esto permite un anclaje inmediato que nos llevará de la mano hasta el final del ensayo.
El ensayo abre con las preguntas que supongo, todos los aspirantes a escritores nos hemos hecho a lo largo de nuestra vida (suponiendo desde mi punto de vista que el oficio de escribir, es algo que uno lleva toda la vida). Y cada una de las preguntas cae como un granizo fuerte y tupido ante nuestros ojos y nuestras cabezas. Nos sentimos rotundamente identificados con los problemas que plantea, porque las circunstancias se han repetido durante años y las mismas dudas y la incertidumbre nos acechan constante y cruelmente como un juego macabro al que sólo sobrevivimos por los impulsos irrefrenables, que Gardner también menciona en su ensayo: los de escribir.
Leer el libro de Gardner, no presupone en ello encontrar las recetas mágicas, la guía o las fórmulas para ser un buen narrador, o si quiera llegar a serlo, es más bien una visión de adentro que permite desde la particularización de sus propias experiencias, la universal batalla de los escritores con el mundo, con su sociedad, su temporalidad y sus problemas consigo mismos y sus historias.
Porque precisamente es uno de los puntos que Gardner intenta poner perfectamente claros en este ensayo, en la literatura no hay nada escrito, a pesar de existir reglas canónicas sobre la literatura, la forma de escribir es una sola, es particular y el escritor en un intenso e incesante desmenuzar de las ideas y de las formas encuentra su propia voz y su ritmo propio. Para ello debe leer y leer, releer no con las intenciones con las que lo haría un simple lector que busca entretenimiento de la lectura, sino como un juicioso escritor que pretende desentrañar las técnicas narrativas de los novelistas, y crear una especie de base de datos en su mente para poder aplicarlas en el trabajo propio. La psicología de los personajes como la conformación de estas con las atmósferas en el entretejido que hace de la novela un tejido uniforme que logra atrapar con sus redes a los lectores.
En base a la comparación y al conocimiento no sólo de la literatura sino del mundo, es que el escritor enriquece su acervo personal y puede entonces escribir no sólo sobre lo que conoce sino sobre lo que le interesa, el escritor debe ser entonces un ente comprometido con el estudio no sólo de la literatura sino del mundo. Gardner nos indica que el escritor por su naturaleza es ya observador, el escritor entonces, se interesará por descubrir y entrar en atmósferas distintas a su contexto original, para así poder detallarlas con mayor precisión y crear verosimilitud en sus textos.
Gardner en su ensayo, expone también una de las grandes preocupaciones que atañen a los escritores. ¿Debemos estudiar letras? ¿Debemos estudiar literatura creativa?. Él afirma que sí, que los escritores que entran a los cursos de literatura creativa, dejarán de sentirse “solos en el mundo”, inadaptados y podrán conocer a otros inadaptados que como ellos sienten estos impulsos por escribir. Los talleres de literatura sirven siempre y cuando el escritor sepa que no encontrará en ellos las soluciones exactas para sus problemáticas internas de narrativa, pero entrar a estos talleres servirá indudablemente para poder entrar y empaparse más en esta atmósfera literaria, tener lectores reales que podrán opinar sobre sus textos, en el mejor de los casos con imparcialidad,
Toda la argumentación del ensayo no pretende profundizar o ni siquiera meter un pie en cuestiones ontológicas o sociales severas. Más bien, intenta exponer la visión de toda una vida de literatura por el autor. Y funciona desde mi punto de vista, como una especie de testimonio al cual podemos acudir de forma divertida para señalar ciertos puntos que coinciden con nuestras experiencias personales, incluso sentirnos ofendidos o apuntados con el dedo en muchas de las situaciones que parecen, según mi caso, retratar similitudes con mi vida, describirme e incluso describir a muchos de mis profesores de literatura creativa que he tenido durante años, específicamente el último año que he decidido tomar las cosas más en serio en esto de la literatura. Porque precisamente por ese punto de vista de escritor, el libro logra conectar estas vivencias de una forma distinta a lo que haría un teórico, un psicólogo o un crítico, porque parece vivir de forma muy parecida nuestros problemas.
Recuerdo que recientemente leí el libro vacío de Josefina Vicens, y me sucedió casi lo mismo que con el ensayo de Gardner, a diferencia por su puesto que la novela por su descarga emocional me hizo apegarme más al personaje. Sin embargo saber que el ensayo viene de una forma menos ficcional, me hace sentirme apoyada o por lo menos identificada con otra persona que sufre de los mismos pesares que yo en muchas circunstancias, en latitudes muy distintas a las mías.
El libro me ha gustado la sinceridad que logra el autor expresar en sus páginas, por ese afán de decir y gritar al mundo que debemos luchar por hacer arte, por hacer verdaderas obras de arte, por jugar con el lenguaje de forma concienzuda y destacar por encima de todos los escritores y todas las palabras por nuestro estilo propio, por buscar estética y belleza en un mundo que nos somete cada vez más a procesos capitalistas en los que muchos aspirantes a escritores creen que convertirse en uno, significa competir con otros sólo por competir y convertirse en best sellers.
Me ha agradado la forma en la que el ensayo está escrita porque escondido entre el accesible lenguaje en que se desenvuelve, se hacen severas criticas a los sistemas educativos mediocres o no de la literatura, a su falta de programas que indiquen a los escritores a seguir curriculas marcadas como en otras carreras, porque la literatura se mide por otros estándares, terminar un título de literatura creativa no asegura la calidad de un escritor, la calidad de un escritor se refleja entera y únicamente en sus palabras, en sus significados y en las imágenes que proyecte al final en los lectores. Expone así la dificultad del escritor por encontrar las vías adecuadas que muchas veces pueden entorpecer su camino de forma letal.
Gardner critica también a la sociedad como al mismo escritor que podrá ofenderse al leer esto si es un charlatán que busca en la literatura un estatus o un esnobismo que posicionará su nombre por encima de todos. Porque si bien, el artista por sí mismo desea ser leído y es un ente antropocentrista por naturaleza, deberá preocuparse enteramente por su arte, y por el cuidado de sus palabras, después todo ello vendrá “solo”, y eso es también ambiguo y cuestionable, porque el escritor debe luchar por pulir su trabajo al máximo y después de ello buscar la publicación de sus textos en diversas revistas por pequeñas o grandes que sean, no desistir ante las negaciones constantes de su trabajo con los editores, porque la literatura deberá representar para él una forma no de supervivencia sino de necesidad por llegar a sus lectores y no sólo quedarse en la fase de los lectores imaginarios.
lunes, 20 de julio de 2009
Reglas para la superviviencia de la novela
Reglas para la superviviencia de la novela
por VICENTE VERDÚ
17/11/2007
Que los últimos cinco premios Herralde de novela hayan recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos no debe considerarse un simple azar. La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema. Sucede de la misma manera que con las películas de autor, que, si antes procedían de Italia, Francia o Alemania, ahora brotan en Irán, Irak, China, India, Argentina o Senegal, puesto que el cine de autor como la novela de argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI.
Paralelamente, así como en la pintura es inconcebible producir sin tener presente la fotografía, la televisión, los videojuegos, el avión, los grafitis o cualquier pantalla, en la narración es torpe seguir como si no existiera publicidad, correo electrónico, chats, cine, YouTube, MySpace o la blogosfera. Quienes en los países donde se han desarrollado las nuevas formas de comunicación continúan redactando novelas a la antigua usanza atienden sólo a los lectores vetustos, incomunicados o burdos. Y también a los que aprecian los libros en cuanto les parecen películas o telefilmes impresos y en donde la escritura cumple la simple función de entretener durante el trayecto en avión o metro.
Nada que ver, pues, con el carácter propio y especial de la escritura literaria, en donde la nueva narración debería caracterizarse por estos diez componentes, al menos:
1. La novela actual -o como quiera llamarse- deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine, al telefilme o a la vida el videojuego: la literatura hoy más que nunca debería alzarse como intransferible porque las historias novelescas al aroma del siglo XIX han sido ya usadas con diferentes métodos de explotación y lo fueron, precisamente, porque no existían entonces los guionistas a granel que actualmente redactan para crear productos audiovisuales. El destino de aquellas novelas fue atender precisamente a una demanda general sin capacidad para vivir otras vidas adicionales que no fueran las servidas por la fantasía de los libros.
2. La fantasía, la intriga -y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerase un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku. Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar, insustituible en la iluminación y la clase de disfrute que procura. El gusto de la lectura se obtendrá no del artificio argumental, el suspense policiaco, los agentes especiales, los cofres por descerrajar o los misterios divinos, sino de la intensa degustación del texto, sin necesidad de conspiraciones ni extrañas travesías. Los intríngulis de esta literatura son más intríngulis que literatura. Vale para lo que vale y ni una distinción más.
3. No habrá de valerse la obra de ninguna estructura prefabricada mediante la cual el lector será conducido entre añagazas del oficio hasta la apoteosis final, tan propia de las antiguas revistas y la vulgaridad en las prestaciones. La narración literaria consciente de sí no aspirará a apoteosis final alguna tal como el destino tampoco existe en el proyecto vital de ahora, mientras la metafísica se disipa.
Lo que sucede día a día tiene hoy la forma del accidente y el carácter de la inmanencia, posee la belleza de lo instantáneo y la inteligencia de la negligencia. Ha terminado el proceso, la idea de la historia y de su trascendencia. Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí.
4. La fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentada omnipresente. Una novela contemporánea que no haya asumido esta clase de comunicación se ahogará en su jactancia. La ignorancia del blog y de los mensajes cortos, del discurso corto y cambiante, puede llevar, excepcionalmente, a una obra apreciable pero se tratará de esa clase de valor que encuentran las alhajas y los cuadros escondidos en el polvo de los museos. Una obra viva debe tener en su alma la actuación de su presente porque de otro modo contribuirá a hacer de la literatura la estampa de una dedicación embalsamada. ¿La muerte de la literatura? Sin duda diversos novelistas de hoy perviven gracias al culto funerario del género y al amparo de lectores melancólicos que transpiran alcanfor.
5. El desarrollo pues del libro no obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino a una red de experiencias que hiladas, entrecruzadas o en racimo planteen un tutti frutti para el multipolar lector de hoy. Las obras con hilo -o cable- que se lanza pero que se enreda, que da a entender esto pero resulta ser lo otro, que juega, en fin, con el lector, denota no poseer otra cosa mejor de la que vivir y comercia con artículos de feria. Obras de escritores que imitan arrobados a aquellos otros que se ganaban la vida gracias a que sus clientes los leían o los escuchaban leer a la luz de las velas y, en general, no habían salido de la provincia.
6. La novela eminentemente nueva no deberá, desde luego, agarrarte por el cuello y llevarte así, del pescuezo, hasta su final, entre meandros y malabares. Contrariamente a estos modos circenses, la buena novela del XXI considerará la multiplicada sensibilidad del receptor mediático y la interacción. Estimará la belleza eficiente de la forma, la seducción estética y no el uso instrumental o perruno del lenguaje. Es decir, la lectura no será una ansiedad que, entre jadeos y vigilias, buscará cuanto antes la revelación de la última página sino que paladeará cada párrafo a la manera de la slow food.
Lo propio de la literatura excelente será, hoy más que nunca, la belleza y perspicacia de la escritura. Para contar una historia hay ahora abundantes medios, desde el telefilme al vídeo, más eficaces, más plásticos y vistosos. La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.
Los novelistas que escriben con la ambición de ser llevados al cine delatan su menosprecio por la escritura. O su incompetencia. Mejor harían con emplearse de cuentacuentos o copys.
7. El cine, la televisión, la realidad virtual pueden presentar escenarios y vicisitudes con mayor riqueza exterior pero la peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación. Si la novela, el cuento, el ensayo, el libro, en fin, se justifica todavía sólo alcanza su indiscutible mérito en esta dirección. La dirección propicia para explorar en el interior de uno mismo o del otro hasta la extenuación.
8. ¿Ficción? Si la obra literaria, las fórmulas matemáticas, las piezas musicales son siempre y en todo caso autobiográficas, entonces ¿para qué fingir? Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces ¿para qué fantasear? El autor habla mucho mejor de lo que conoce personalmente y peor de lo que maquina deliberadamente. La ficción, en fin, pertenece a los tiempos anteriores al capitalismo de ficción. Si la literatura aspira a conocer algo más sobre el mundo y sus enfermos su elección es la directa, precisa y temeraria escritura del yo.
La transmisión de lo personal da sentido, carácter y contenido a la comunicación. No hay comunicación sin comunión, no hay comunión sin comunidad, no hay comunidad sin sinceridad, no hay sinceridad sin volcar lo personal.
9. La voz, en consecuencia, será la de la primera persona del singular. Trato directo entre el autor y el lector, entre las aventuras, las pasiones o los dolores que se comparten en la secuencia del texto.
El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine. No hay verosimilitud en esa voz que ahora se recibe como el cénit de la impostación, el reverso de la verosimilitud y la frescura. El autor/creador, que se endiosa atribuyendo a sus personajes el don de criaturas que adquieren vida propia, se despeña en su misma metáfora de acartonado Frankenstein.
10. Mejor haría en jugar y reírse de sí mismo porque ahora, toda obra de aire severo, sin humor, carece de un lugar soleado en el mundo de la comunicación. Podría decirse, incluso, que ninguna obra sin humor forma parte de la producción intelectual inteligente puesto que ningún genio en la historia de la humanidad prosperó sin la ironía sobre sí mismo. Los novelistas más serios son a la vez los más tediosos y, como corolario, los peores.
Sin ironía no hay contemporaneidad, sin ironía no existe visión de la iridiscencia del mundo y su variable composición.
Frente a estos diez virtuosos componentes se cometen los correspondientes pecados capitales. La novela -o como quiera que se llame- sin insustituible escritura, sólo con tema, se suicida actualmente por falta de destino. Muchos leen y suponen que están leyendo literatura o incluso un libro cuando, en realidad, prestan su atención a enmascarados guiones de cine, borradores de telefilmes o largos bocadillos de cómic. También, claro está, leen como algo contemporáneo a los sucedáneos del siglo XIX, sin cuestionarse su momificación, bien porque amen la palidez del vintage, abracen el olor a polvo, o bien porque no posean sentido del gusto en general.
El lector, como el consumidor, hoy más que nunca, se encuentra en condiciones de elegir entre una oferta muy personalizada, surtida y extensa. De su elección depende dar vida a los novelistas que escriben como estafermos o no.
La novela puede ser de este modo tanto un asunto de guardarropía, un legado apreciable como fruto histórico, o una literatura donde el autor, todavía vivo y despierto, se desafía para conocerse, conocer y comunicar. Todo ello sin la obispal solemnidad de los novelistas a la violeta que siguen autoestimándose como demiurgos y atribuyen a la literatura una supuesta misión de libertad, de salvación universal y de formidables tontadas por el estilo.
El novelista, como el pintor o el diseñador, como el compositor o el arquitecto, son trabajadores que, como todos los demás, tratan genéricamente de mejorar la vida. Nada de diferencias entre el productor y el creador, el trabajador y el artista. Unos y otros con sus condiciones y habilidades tratan de colocar su mercancía y se interesan por el placer que provocan en el receptor. ¿Gozos divinos? ¿Placeres indecibles? Zarandajas: el placer sólo reconoce la verdad o el sucedáneo, la ficción del placer, sólo distingue entre buenos y malos amantes. Brillantes y opacos escritores, como lúcidos y lelos ebanistas, lozanos y mustios cantautores, actrices o masajistas. -
martes, 14 de julio de 2009
PARA COMENTAR EN CLASE
Lean el ensayo de Jenny Asse Chayo en la revista Casa del Tiempo (octubre 2002) de la UAM titulado "El mito, el rito y la literatura".
Está en formato PDF.
Ténganlo presente para cuando comentemos el tema en clase.
SEGUNDA LECTURA
Esta lectura es para que la vayan degustando poco a poco.
Pueden ir subiendo al blog su comentario de por lo menos 3 cuartillas conforme lo vayan terminando de leer.
Hagan click aquí o en la portada para bajarlo.
viernes, 10 de julio de 2009
PRIMERA LECTURA
Den click aquí o en la portada para bajar el archivo. Está en formato word.
Recuerden que hay que leerlo y escribir un ensayo de mínimo 3 cuartillas.
La fecha límite de entrega es el VIERNES 24 DE JULIO de 2009 a las 11:59 pm.
miércoles, 8 de julio de 2009
PROGRAMA DEL CURSO
ESCUELA DE ESCRITORES SOGEM DE PUEBLA
DIPLOMADO EN CREACIÓN LITERARIA
TERCER CUATRIMESTRE
NOVELA III
Impartido por Guillermo Vega Zaragoza
Correo-e: gvegaz@yahoo.com
TEMARIO
- Hacia una “teoría” de la novela
- La importancia del mito en la literatura
- La estructura básica del relato mítico
- El cruce de géneros en la novela
- Desarrollo del argumento y la historia
· Tratamiento de la trama y la estructura
· Escenas, secuencias y episodios
· Preparación de propuesta para publicación
MECÁNICA DEL CURSO
Los alumnos deberán publicar los trabajos y ejercicios en fecha y forma en el blog del curso, que se encuentra en la siguiente dirección de Internet: http://novela3sogempuebla2009.blogspot.com/ en las fechas estipuladas por el profesor.
Para tener acceso al blog deberán darse de alta en la página http://www.blogger.com y seguir las instrucciones.
Estos trabajos también deberán ser publicados por el alumno en el blog en las fechas estipuladas por el profesor. En ningún caso y sin excepción, se aceptarán entregas extemporáneas ni por correo electrónico, y mucho menos en soporte físico (en papel, pues). Las fechas de entrega son improrrogables.
Las lecturas y apuntes se irán publicando oportunamente en el blog a fin de que sean leídos antes de clase.
CRITERIOS DE APROBACION DEL CURSO:
TRABAJOS ESCRITOS: 60 %
ASISTENCIA Y PARTICIPACIÓN EN CLASE: 40 % (Los alumnos sólo tienen derecho a dos faltas justificadas).
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:
1. Asse Chayo, Jenny. “El mito, el rito y la literatura” en Casa del Tiempo, octubre 2002. pp. 54-71.
2. Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito. FCE, 1959.
3. Font, Carme. Cómo diseñar el conflicto narrativo. Claves para comprender y encauzar la tensión literaria. Alba Editorial, 2000.
4. Highsmith, Patricia. Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga. Anagrama, 1990.
5. John Gardner. El arte de la ficción. Apuntes sobre el oficio para jóvenes escritores. Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001.
6. -----------------. Para ser novelista. Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2001.
7. José Agustín. Antología de la novela mexicana del siglo XX. Nueva Imagen, 2005.
8. Jute, André. Escribir un thriller. Paidós, 2003.
9. Keating, H. R. F. Escribir novela negra. Paidós, 2003.
10. Kohan, Silvia Adela. Cómo se escribe una novela. Plaza & Janés, 1998.
11. -------------------------. Escribir una novela que atrape al lector. El Andén, 2008.
12. Kundera, Milan. Los testamentos traicionados. Tusquets, 1995.
13. -------------------. El arte de la novela. Vuelta, 1988.
14. May, Rollo. La necesidad del mito. La influencia de los modelos culturales en el mundo contemporáneo. Paidós, 1992.
15. Randall, Rona. Escribir ficción. Paidós, 2003.